Crash.

El fino hilo que sujetaba aquella gigantesca luna desde el río se ha roto y ha explotado entre las fincas bajas, entre dos coches, como un meteorito. Sin más. Se ha desplomado contra el suelo ensordeciendo mis pensamientos durante un segundo. Aunque nadie se ha dado cuenta. A pesar de la magnitud de la catástrofe, nadie se ha dado cuenta. A pesar de que la ciudad se ha bañado del negro más brillante que existe y la luna se ha quedado hecha trizas cerca de la alcantarilla, todos los coches han seguido circulando. Sin más. Quizá porque ese era su lugar. Aunque seguramente, ese andén, también fuera el mío.

Sinreloj.

Nunca me importó ser impuntual…pero cómo duele a veces llegar tarde a un sitio del que no deberías haberte ido jamás y encontrar la puerta cerrada. Cómo...

Unilateral.

¿A dónde te crees que vas? No no, de eso nada. Tú mi casa no la pisas. Quédate ahí en el felpudo y no muevas ni un pinrel que te veo. Ya estás como siempre, fíjate, sigiloso y sin hacer ruido. Moviendo el culo de un lado a otro. Hasta recreas el gesto de dejar ese manojo de llaves de mi casa, que no tienes, sobre la mesita de la entrada. Te crees que por echar un par de sonrisas y volver con tus monerías yo voy a caer. Pero no, no, no. Deja de mirarme desde la puerta con cara de Cariño, ya estoy en casa porque no te esperaba y ya no me da tiempo a esconderme detrás de las cortinas feas del salón que me regaló tu madre. No puedes quedarte quieto, a mí ya no me engañas. Que esto no es una visita de cortesía. Que no quieres conocer a mis hijos. No, no. Tú lo que vienes es a descolocarlo todo. Y sí, son muy guapos, no se parecen a ti. Siempre haces igual. ¿Qué? ¿Es que no te das cuenta? Entras sin apoyar los talones en el suelo y una vez dentro eres como un virus desmoronándolo todo a tu antojo. "Esto sobra, esto se queda, esto te lo perdono" Qué más te da saber sus nombres. No, no lo usé por supuesto que no, no quería recordarte cada vez que le viera. Te estoy diciendo que esa lámpara me gusta ahí, no me la toques. Siempre lo mismo. Tus idas y venidas de siempre y la boca cargada de Jamases disfrazados de Siempres. Me río yo. A mi no me vuelves a engañar. Y no, no quiero cambiar los cojines de sitio porque me gusta donde están. Por supuesto que todo me va muy bien. ¿Qué te pensabas? ¿Que porque mi vida no sea a tu lado ya iba a ser una amargada? Pues ya ves que no, las cosas cambian y el amor adolescente se esfuma. Ahora tengo una vida muy estable, gracias. No te pienses que me conoces tanto porque contigo tampoco fui tan feliz, eh. Por supuesto que no. Cómo te voy a echar de menos. Qué tontería. No. Ni siquiera un poco y por muchos ojitos que pongas no me voy a achicar. Pisa otra vez el felpudo que me lo estás llenando todo de nostalgia y me niego. Y qué si son viejos los muebles. Tú también lo eres y ya ves, no te vas ni contando diez. Sí, está trabajando pero llegará de un momento a otro y es muy celoso, así que deberías desemborronar tus huellas y marcharte. Por qué tienes que ser tan cabezota. Se me está quemando el café con tanta tontería. En una empresa constructora cerca de la calle de los domingos. Y por supuesto que le quiero, qué te hace pensar que no es así. Bueno, es igual, tu opinión no me interesa lo más mínimo. ¡Que no saques los pies del felpudo te he dicho! Ni un café ni medio. No seas pesado y vete ya. No, no quiero abrazarte. No me toques. Claro que estoy a la defensiva, qué te piensas. Sal de ahí. No tengo nada de comer, la nevera está tan vacía como yo. Deja estar esos libros que no son tuyos. Que tampoco sean míos a ti ni te va ni te viene, lo importante es que no quiero que sean tuyos. ¿Tus cosas? Lo tiré todo. No. Ni en cajas ni nada. Deja la lámpara quieta, por dios. ¿Es que no puedes parar? Sé lo que significa esta visita, y no tenías que haberte molestado. No, no, no tenías que recordarme nada. No sigas por ahí… Yo ya no me acuerdo de las tardes en el parque. No. No me acuerdo y no las echo de menos. Deja de hacer que me contradiga. ¿No lo ves? No quiero verte. Joder. Vete de mi casa por favor. No quiero verte. O no lo quieres entender. Tú llevas tu vida y yo la mía. Por primera vez hemos cumplido lo que nos hemos prometido, no empeores las cosas. No, eso no lo hemos cumplido, yo ya no te quiero…

La delgada línea roja.

"-Una casa solitaria... ¿No se siente muy solo?
-Solo cuando hay gente."

Nueva fragilidad.

Miedo a cerrar la boca y no volver a abrirla más. Miedo a que me hablen y no me sepa callar. A sentirme observada, por la calle, por el metro. Pensar en ellos, saber que son. Miedo a que me busquen, a que me encuentren, a correr. Miedo a caer. Miedo a los golpes, a los pasos en falso. Miedo a mis torpezas y mis propias consecuencias. Miedo a que se la lleven sin que nos demos cuenta y también a que se lo lleven a él de diferente manera. Miedo a no volver a hablar. Miedo a que entren, miedo a que me cojan. Miedo a no saber gritarles. Miedo a querer matarles. Miedo a tener miedo.
Miedo a no salvarme.

Las sombras no podrán conmigo.

Como miguitas de pan te atreves a dejarme un rastro de palabras que conforman un todo que asimilo más enrevesado, más cruel. Le quitas las palabras a él modificando sus formas, sus puntos, sus comas. Roídas, oxidadas, putrefactas. Sin sentido en tus labios. Cambias la persona de los verbos y me haces partícipe de ello, para que sea consciente. Consciente de que todo ha terminado, de que todo son cenizas y no hay nada más que pueda arder, ni siquiera las estrellas. Cambias la persona de esos verbos y los pones en mi boca. Dejas esas palabras atadas a mis labios y sin querer me fuerzas a cantar esa canción, saboreando una por una cada letra de ese triste quejido que trata de dar fuerzas y solo consigue dar pena. Gritando, pataleando. Quieres que sea consciente de que no hay nada que continuar, que las luces de la sala se han encendido y la pantalla por fin ha empezado a llenarse de letras…
Pero eso ya lo habías conseguido, porque tú siempre llegas antes que yo a la meta.

Mis pequeñas cosas I

Me encanta cuando mi casa se queda vacía y no hay pasos sonando en ninguna de las habitaciones. Comprobar una por una todas las esquinas, aunque sé que no voy a encontrar a nadie y sentir la soledad más satisfactoria que conozco, que bien se podría entender por tranquilidad. Respirar hondo, muy hondo y tranquilamente coger el paquete de cigarros y un gran cedé. Enchufo la minicadena de mi madre, que probablemente haya roto un total de 7 veces a lo largo de mi vida, y la pongo con el volumen justo, que en mi caso es muy fuerte. No tanto como para distorsionar los sonidos aunque sí lo justo para que no pueda escuchar ningún ruido de mi calle, que no sé si os habré comentado alguna vez, pero es la meca del ruido en mi ciudad.
Me encanta escuchar la música de pie. No porque baile, si no porque tristemente imito a los cantantes. Yo soy de ese grupo de personas que se dedican a tocar una guitarra donde no la hay, aunque yo me decanto siempre por el micrófono. Me imagino que tengo un micro en la mano, y no se por qué, porque ni siquiera me gusta que los cantantes lleven el micro en la mano, me gusta que estén fijos frente a ellos. Estáticos. Pero vamos, que cuando yo canto, canto con micro de mano. Que soy muy mía, yo. Y desfiguro mi cara y hago todos los gestos que considero que ellos harían según el momento desgarrador de la canción, según la voz, según los susurros. Me imagino hasta si cerrarán los ojos o no en el momento cumbre de la canción, y les imito. A algunos ni siquiera les he visto en directo y no sé qué caras pondrán, pero y qué. Yo las hago. En esos momentos, me piden cualquier artista, y se lo imito. Camino de un lado a otro zigzagueando el salón mientras esa voz me sigue por todas partes y se escucha desde cualquier punto de la casa. Y a la vez que lo escucho tan fuerte, y me convierto en una patética sombra de lo que ellos ni siquiera son, y hago el idiota y me río de mí misma más que nunca, sonrío como una subnormal y me siento realmente felíz. Porque me encanta, yavestú. Me encanta estar sola en casa y cantar por el salón.

El color de mis aceras.

Ya han quitado las guirnaldas de colores de todos los balcones de mi barrio, de todas las calles, de todos los bares. De pronto todo ha recobrado por fin su color más gris. Su color más suyo. Porque este barrio es así, reaparecen las nubes, desaparece la luz y recobra su identidad. El maldito monstruo que emerge frente a mi casa continúa su construcción a pasos agigantados y cada vez el ambiente se llena de más y más polvo. El aire de Benicalap ahora está cargado de polvos pasados que todavía no nos han querido abandonar. Mi barrio es así, nunca deja escapar los pasados y se esfuerza por dejar entrar los presentes más futuros, aunque le duela. Sin embargo y a pesar de esto, las aceras las untamos en presentes cada día. El presente de las juntas sucias, de los coches despedazados y de las abuelas con batín. Un presente que alguno de mis vecinos desdeñan por importunado y cansino; que pierden durante horas sentados en las puertas de las casas, con sus sillas roídas y la mirada rota, blanquecina. Sentados esperando visitas, esperando novedades. Esperando al fin y al cabo, sin encontrar nada.
Mi barrio es un pueblo de viejos, porque como os decía antes, nos cuesta mucho dejar escapar los pasados. Y al final, nosotros mismos sin quererlo, somos solo viejos pasados que nunca llegan a pisar el presente.

Palabras más.

Susi dice que el 2009 es un año de final y principio. Según me cuenta, eso también ocurre con los Piscis, que tienen todo lo bueno y todo lo malo de todos los horóscopos. Son como el popurrí de las características zodiacales, vamos. Yo eso no me lo creo mucho, al menos no del todo, pero a ella la creo porque es mi hermana y la quiero como si me explotara el corazón. Hace un rato me ha mandado un mensaje, uno de esos que me manda para hacerme sonreír. Ella no cree que sea una chica triste por eso no le cuesta mucho hacerme reír, porque en realidad tiene razón, no soy ninguna chica triste. Menos una triste chica. En el mensaje me ponía que si el 2008 nos había hecho crecer tanto, añado que a marchas forzadas, por qué no nos lo iba a recompensar el 2009. Sin duda la teoría es buena. Siempre dicen que después de todo lo malo llega lo bueno, aunque el realismo me pegue tirones de las venas y me diga que no puede existir un año enteramente perfecto. Yo no busco la perfección, tampoco busco que todo me vaya bien, solo espero que las cosas salgan mejor que en estos meses pasados. Y mejor van a salir porque me voy a cargar la boca de síes y las negaciones me las guardo en el bolsillo por un tiempo.
Como dice ella, es un año de final y principio. En realidad los finales me los dejo en este que me quito de la suela del zapato y me agarro a los principios que se me aparezcan. Estoy tan cansada de tantos finales sin créditos que ahora solo me apetecen principios. Él ha sabido tener el suyo, del que por cierto, me alegro como si de un principio mío se tratara. Sobretodo porque le quiero y me hace felíz que él esté felíz y también porque sus principios van a zanjar mis finales sin final. Quitarme los zapatos y dejar de apretar el 7º cada vez que suba en el ascensor. Porque no hay compañía en el trayecto, ni besos y el pasado me mantiene anclada al suelo.
No sé si será mi principio, pero en el final de este año ya estoy caminando de un lado a otro, sin rumbo pero con ganas. Y dentro de unas horas, estaré bailando. Por mí, por ti, por ella y por todos ellos.
Feliz final y principio, burros míos.

Trespuntosseguidos.

Fumar no es lo único que acorta la vida y todo lo demás, no viene con prospecto.

Autorretrato.

A mí Dios, no me dio un cuerpo. Me dio un dos en uno, como las ofertas del supermercado, o un 3x2 del Carrefour. Dijo: A esta niña le voy a dar facilidades en la infancia, que se queme, pero solo un poco en el brazo, así, en plan bromita como la que le gasté a Isaac. Que se queme así, de pasada. Un poquito allí y un poquito allá. Y me tiró una cafetera un ángel puñetero que rondaba mi cocina mientras yo plácidamente limpiaba el suelo arrastrando el paquete de una esquina a otra con dos inocentes añitos. Y acertó el ángel eh? Acertó de pleno. Y así estoy, marcada de cicatrices de guerra que no eran más que bromitas de Dios. Ay, que te quemo Sole. Que te quemo. Y mira que yo no me llamo Sole, que solo me faltaba. Yo me llamo Patricia. Pero en un principio me quisieron poner Patrocinio, por mi abuela. Ahí es na’. Menos mal que recularon.
La versión oficial de mi nombre viene cuando cuentan aquella anécdota triste de la elección del mismo, en la que se rumorea que fue mi hermano Jordi, que por entonces tendría unos 9 años, el que decidió que me llamara Patricia como la que diseñó el coche fantástico. Este que se llamaba Kid. Pues ese coche lo diseñó una tal Patricia. Total, que el ingenuo me puso el nombre para que una vez creciera le construyera un coche fantástico. Nofaltabamás, hermanito.
Así ha transcurrido mi vida, de fracaso en fracaso, marcado por mi nombre y ese maldito coche parlante. Claro, cómo quiere ese muchacho que le construya un coche si yo no sé ni cambiarle las pilas al mando. Nací patosa, qué le voy a hacer. De ahí que me llamen Pato, que suena a diminutivo cariñoso de Patricia o al menos, eso se podría pensar. Pero no. Suena a que soy patosa desde que gateo y que tenía los pies uno mirando al este y el otro al oeste. Pato de patosa y de cuacuá. Lo tenía todo.
Y ahí no queda la cosa, no. Que la gracia de Dios es omnipresente. Y ahora os cuento: Yo una vez tuve sonrisa. La tuve, lo admito. Dientecitos de leche lindos y relindos. Todos alineaditos, preciosísimos vamos. Pero estos se fueron cayendo por eso de la mutación humana que sufrimos de pequeños, que todo cambia y nada queda. Pues un día mientras dormía, Dios jugó al Scrabble con los míos. Y claro, como habla tantas lenguas el hombre que por mucho que digan, algo tiene de humano, se lió. Y empezó a colocar. Y pim pam pim pam. Este aquí, este allá. Pim pam pim pam. El pobre hombre veía que la cosa no mejoraba, que esa muela no iba ahí, que el colmillo se le había quedado fuera de una palabra y no sabía dónde meterlo. Por si no lo sabíais Dios tiene muy mal perder. Que se lo pregunten a Eva, que la pobre le ganó un día al ajedrez y la echó del paraíso. Que no os engañen, que lo de la manzana la serpiente y todo el Génesis, es una invención de los apóstoles para que no supiéramos que Dios tiene muy mal perder. Y él quería meter el colmillo eh? En cualquier palabra. Donde sumara doble. Y repitiera o algo. Pero vamos, que hueco no había. Así que probó y probó y dijo. Pues mira, aquí mismo, que hace bonito. Y sí que hace bonito sí. Fíjate si hace bonito, que no sonrío de lo bonito que es guardarme las sonrisas.
Eso sí. A mí Dios me cae en gracia. Le sé gracioso, porque si no, no entiendo mi venida a este mundo. Otro día, mi Papá, que también es un SOL, así, en mayúsculas. Me comentó así de pasada que él estaba de acuerdo conmigo en que no sabía porqué había llegado yo a nacer, añadió que ojalá se hubiera cascado una paja y yo y mis demás hermanitos espermatozoides nos hubiéramos ido por el retrete. Comentó además, que el polvo no había sido tan espectacular y mi Mamá y sus ligueros lloraron en alguna esquina del salón. Yo os digo una cosa: Ojalá lo hubiera hecho. Eso de cascársela, digo. En ese momento Dios en los cielos se revolvió durante la siesta y viendo lo mal que se había portado conmigo desde que nací me propuso cambiar de Papá. Pero yo le dije que no, que lo que no te mata te hace más fuerte. Y que tener un Papá así me iba a hacer ser mejor en un futuro. Pim pam, pim pam. Ingenua que era yo.
Pero vamos, que el caso de Papá no es aislado en mi familia, a cada cual más fascinante que el anterior. Yo siempre lo he dicho: Con esta familia o sales loca o te lo haces. Como hago yo, que me hago la loca para pasar desapercibida por el mundo.
Pero Dios continuó con sus gracias. Y aparte de hacerme físicamente memorable…de bien, eh? También me puso un coco. Y apaga y vámonos con el coco que me puso. Que no de prodigioso eh? Pero me lo puso.
Y yo esto, os lo comento en plan secreto, pero el coco ya le he dicho yo que no sirve para nada. Que gaste sus energías en el Scrabble, en el patizambismo y demás lindeces, pero que se deje de cocos que no son para nada llamativos.
Total, a quién de nosotros nos importan los pensamientos de las personas? A nadie. Y lo pondría con mayúsculas para enfatizar, pero no que me daña la vista un nadie tan grande. Es triste, pero aquí lo que viste son las sonrisas y los modelitos. Y nada, que Dios dice que no. El pobre también es un poco ingenuo y por eso a pesar de las putaditas que me ha gastado en la vida yo le tengo hasta cariño. Yo, que de toda la vida atea ateísima y ya ves, que le llamo por las noches y todo.
Ayer le conté que estaba harta de que hubiera mandado a su hijo en Navidá. Porque a mí la navidá ni fu ni fa. Más fu que fa. Que me sobra, vamos. Que no me gusta. Que lo podría haber mandado, yo que sé, el 29 de febrero por ejemplo. Así solo se celebraría cada 4 años, y oye, con qué fuerza recibiríamos las fiestas y el turrón y todo esto. El 29 de febrero era la fecha idónea, pero nada, que él con sus gracias lo puso un día del año en el que no nos pudiéramos escaquear… No estábamos hablando de eso. ¿De qué estábamos hablando? Ah sí. De cerebritos y mentes y esas cosas raras. Total, que no sirven para nada.
Yo, claro, quién si no, como desde prepúber empecé ya a divisar que mi cuerpaso de 3x2 no iba a ser mi carta de presentación idónea para aparecer en sociedá, me propuse engordarme tanto el coco como el culo. Imaginaos el trabajo que suponía eso. Pero oye, que la ingenuidad da para eso y para más. Total, que pensaba que si suplía mi carente belleza con un par de ironías y tres o cuatro avemarías, la cosa estaría más o menos equilibrada. Y pim pam pim pam. Ahí estuve yo tratando de amueblar lo que se podía, que todo sea dicho, tampoco era mucho. Que yo soy más bien cortita.
Y allí que salgo yo al mundo, con mi 3x2, mi Scrabble y un montón de palabrejas baratas para impresionar, si no con la sonrisa, con la dialéctica. Bendita sea la virgen qué decepción te da el mundo una vez sales a él.
Tú, inocente, ingenuo. Que sales como quien sale del baño con la toallita enrollada en la cabeza a modo de turbante morisquio, con chancletas y pinta de maldá cero (guiño, guiño) te topas de pronto con un trailer de 12 metros precedido de 3 motos que hacen caballitos y polucionan a cascoporro, puras máquinas de matar rodeadas de lo más peligroso que se cruza en tu camino: los humanos. Que ni te miran. Solo te chafan y te pisotean así con malicia. Te roban. Si estuvieras buena hasta te violaban. Y te los cruzas a todos de golpe. Y dices: Hola mundo, aquí estoy yo. Con mi sonrisa Scrabble y mi dialéctica aprendida. Venid a mí.
Claro, el mundo se paraliza y se ríe. Porque los humanos somos así, nos reímos porque para eso vamos a Vitaldent. Bueno, yo no, ellos. Ello sí van, que tienen dinero para ir. Total, que ya que se lo gastan en el blanqueamiento, en los empastes, en las fundas…pues los lucen y se ríen. De lo que sea, oye. Nos reímos de lo que sea. Y vuelvo a hablar en plural porque imagino que yo también querría reírme, pero yo no, que no voy a Vitaldent.
No importa la persona. Se cae alguien, y te ríes. Hasta Dios se ríe porque fue él mismo el que puso su pata de por medio para que tropezara, por eso de que tiene mucha gracia el hombre. Y el tipo en el suelo muerto de la vergüenza y la gente se ríe así por lo bajo, para que no se note descaradamente que se ríen de un transeúnte más que pisa el asfalto. Igual si alguien es feo. Te ríes. Porque es feo oye. Pero ¿qué culpa tiene de ser feo? Ah! Pues que no lo hubiera sido. Ea. El mundo es así y Dios lo creó así.
Total. Que ni con dialéctica basta. Ni aun siendo el mismísimo Einstein con sus relatividades y sus cosas de genio, hubiera bastado. Porque aquí lo que priva no es lo que eres si no como lo muestras.

Y Dios comunicando.

Shhh.

Y yo me muero un poquito con tanto silencio.

Feliz Navidad.

Hace un frío de los de partir huesos. Desde mi cama, en cuanto apenas se ve la calle a través de la ventana, entre el vaho de mis pulmones y la mierda del propio cristal.
La luna emerge entre la oscuridad medio borrosa y parece que algo de su luz hasta se cuela bajo mis mantas, parpadeando. Pero no es verdad, es una de las tristes farolas de mi calle a la que le tienen que cambiar la puta bombilla. Me desquicia dormir con una luz intermitente y siempre termino pensando en apagar la luna, confundiendo. Ojalá esta noche pudiera apagarla y dejarte a oscuras con tus miedos en este putrefacto mundo que te has creado. Ojalá te tropezaras con un gran fracaso, o con la mesita de noche, me da igual, pero que te cayeras. Y te hicieras mucho daño, en las manos, en los brazos, en los ojos, en la boca, en las palabras, en el corazón, en el ego. Ojalá encontrara el interruptor de esa cegadora luz y ese frío que se apodera hoy de mi cuarto y de mis pies penetrara en ti y te helara las entrañas. Y quisieras morir, aunque no lo hicieras.
Ojalá.

Mondúber.


"Comenzó como un día normal y acabó en un gran error. Me olvidé primero de ti y después me olvidé de los dos. Quise tocarte y vi como se alzaba el Mondúber inmenso entre tú y yo. Tú te habías olvidado de ti y tal vez eso fue lo peor.Y ahora puedes marcharte, casi te oigo decir, da igual que llegues tarde porque nadie espera por ti.
Me sabe mal que te desangres pero límpialo todo antes de salir. Nadie tiene por qué ensuciarse, tu basura te pertenece solo a ti.Y quisimos tratar de dormir un sueño que nunca llegó. Y mañana jamás se parece a ese mañana de ayer, y acabamos hundiéndonos el uno en el otro otra vez.¿Qué voy a hacer contigo? ¿Qué voy a hacer sin ti? No hay peor castigo que ese sin el que no sé vivir."

Nacho Vegas, El manifiesto desastre.

Fumar mata.


Hoy de casualidad, me he dado cuenta de que no sé apagar bien un cigarro. Qué curioso. Lo estrujo contra el cenicero con la intención de conseguir extinguir ese fuego. Que deje de arder, de consumirse…pero no lo consigo. Son intentos vanos. Nada consigue apagar por completo ese maldito cigarro. Y ahí continúa, en el cenicero, riéndose de mí, consumiendo su pureza, incendiando cada letra, malgastando ese humo y diluyéndose por el aire de cualquier triste bar en el que esté sentada. Recordándome que no tengo valor para ahogar una colilla, que no tengo fuerza para sofocar ese silencio que sigue ardiendo. Siempre termino dándome cuenta de que no lo he apagado bien cuando el hilo de angustia se me entrelaza con las pestañas, frente a mis narices. Entonces miro el cigarro quebrado con distintos cadáveres a su alrededor y pienso que debo apagarlo, que para qué dejarlo arder sin sentido alguno. Al fin y al cabo, de qué sirve un cigarro mal apagado. No sirve de nada, no tiene función. Y sin darme cuenta los segundos siguen pasando y continúo mirando el cigarro sin mover un dedo. Acabo desquiciada sin saber si muere ese cúmulo de nicotina o muero yo. Desbordo tristezas y evito que ninguna caiga sobre la colilla. Para evitar que se consuma del todo y no pueda sentir de nuevo ese humo putrefacto enredado entre mis entrañas. Pero una colilla no dura eternamente y yo, sigo sin saber apagar un mísero cigarro.
Me tengo que hacer a la idea. Y dejar de fumar.

Sí.

Mañana lo dejo.