Los coches.
Los burros han muerto.
Don't you.

Las ocho y cuarenta y tres pesaban en un reloj imaginario que no se acomodaba a mi muñeca, por mucho que quisiera. Madrid estaba siendo una ciudad de ciencia ficción. Caminé con prisa fingida por no ser capaz de seguir cogida de tu mano, seguramente, y mientras tanto los recuerdos se me tropezaban en la cabeza. La caída en picado de la calle me ayudó a que cada zancada me alejara más de ti, pero en realidad pisaban en la dirección incorrecta. La gravedad siempre desafía. Seguramente sea por eso por lo que Madrid sea una ciudad de ciencia ficción, porque siempre ocurre algo que no debería de ocurrir, y todos acabamos resbalando calle abajo por las pendientes. La ciudad de la caída libre. La ciudad definitiva.
Noviciado apareció ante nosotras mientras mi cabeza se escondía cada vez más en la bufanda. Pensé en salir corriendo, en no coger el metro, en quedarme parada durante horas en ese paso de cebra mirándote. Pero no lo hice. Sorbí mocos, arrastré las lágrimas con los restos del maquillaje que me quedaban y emprendí el camino hacia las entrañas del asfalto. Quizá encontrara alguna playa, quién sabe.
Crucé, porque tú querías que cruzara. Y me fui, porque tú querías que lo hiciera.
Pese a todo los pies se me encadenaban al suelo diciéndome que me esperara, que cabía la posibilidad de que bajaras, de que me pidieras, de que me abrazaras, de que me odiaras. Y después de unos minutos de infinita espera me agarré las enaguas y me fui con la cabeza gacha, sin girasoles en la mano.
El metro de Madrid, sus pasadizos, sus esquinas, su música y su ruido me engulló de un solo bocado. Lloré en cada parada de la línea gris, que iba haciendo círculos, como nosotras. Y cuando llegó mi parada, continué el trayecto. Y pasé Legazpi. Y pasé Nuevos Ministerios. Y llegué a Cuatro Caminos. Y pasé. También pasé. Pasé tantas que no llegué a cenar y me comí los restos del día.
Me comí tu sonrisa en una maraña gigantesca de lanas negras y tu nostalgia ante un campo de fresas. Me comí un suspiro que se te escapó de pronto y sin previo aviso. Me comí nuestras manos agarradas y tu cabeza en mi hombro. Me comí ese abrazo. Ese abrazo en el que te sentí temblar, como si fuera la primera vez, como si fueras a largarte después y no quisiera (s). Me comí tu pelo corto, y mi mano recorriéndolo para volver a tener un maldito recuerdo de su tacto. Me comí tu mirada fija, firme, ausente, triste, despiadada. Me comí tus lagrimas, una tras otra y sin pausa. Me comí tus miedos, tus quieroolvidarteperonopuedo. Y estallé.
De pronto necesité caminar, esperé dos paradas para no perderme en esa ciudad angustiosa y caminé sintiendo el frío cuajarse en mi garganta, sin poder levantar los pies del suelo. Dejándome arrastrar entre sus patéticas calles sintiendo como nunca el peso del fracaso. Y sabiendo que ante todo y después de todas las estupideces que había hecho en este último año, te había perdido. Y me felicité por mi torpeza.
Cuando llegué a Valencia no tuve tiempo de reacción y sin darme cuenta, aparecí en su concierto con los labios pintados y una sensación pútrida en la garganta. Estuve frente a él todo el concierto, con una de tus amigas al lado. Supongo que sería la que era más fanática que yo, porque creo que éramos las únicas que nos sabíamos todas las canciones.
La sala estaba en silencio. Mis pies estaban anclados al suelo y encadenaba un cigarrillo tras otro, como él. Ashley estaba en el escenario desde el principio, sentada en el teclado. Siempre pienso que sobra pero al ver cómo le mira durante todo el concierto, acabo pensando que tiene el papel más importante de todos. Recuerdo el día que le vi contigo, aquel mayo en el que ella estaba entre el público y nosotras observábamos la escena con envidia. Aquel mayo en el que cerraste los ojos y me diste miedo.
Mi masoquismo esperó con ansia que te cantara, que rememorara en mi cabeza aquella sensación de tenerte al lado, a pesar de todo, pero parece que después de tanto tiempo el tipo sintió lástima de mí y no lo hizo.
Ashley salió del teclado, Tachenko desapareció del escenario y quedaron solo ellos dos frente al micrófono. Ella hizo los coros y cantaron juntos un par de canciones. Volví a vivir aquella escena, aquella función en la que nosotras éramos espectadoras de su historia, creando la nuestra propia. Cerré los ojos y vi tu sonrisa mientras de fondo cantaban Dont you. Vi tus rizos cayendo por tu cuello y tu cuello desnudo. Vi tu labio retorcerse y tus dientes moldeándolo. Te vi bailar y saltar, te vi gemir y gritar. Vi el brillo de tus ojos y te escuché cantar por el salón. Te vi bajo mi ventana con tu bici vieja. Te vi de lejos. Y les escuchaba cantar. Que no te olvides de mí, decían, que hay cosas que digo que no significan nada, que hay cosas que hago que no significan nada, pero que no te olvidaras de mí, decían. Que no lo hicieras, gritaban. Que no lo hicieras, gritaba. Y esa música invadió cada maldito glóbulo rojo de mi cuerpo. Y cerré los ojos y te vi callada, en silencio, lejos. Y te gritaba que no te olvidaras de mí, que no te fueras. Y tú te ibas. Y Madrid quedó en silencio a las once y diecisiete de la noche. Y Valencia se volvió triste a las once y diecisiete de la noche. Y la sala se vació. Y yo seguía gritándote que no te olvidaras de mí. Que no lo hicieras.
Pero tú ya te habías ido.
Tú ya no estabas allí, como aquel mayo, a pesar de todo.
Y el mundo se me quedó grande. Como a ti Madrid.
¿Has hecho alguna vez un Home run?
La gran mentira.
Ojos abiertos.
¿Te vienes a Irlanda?
La gran huella.
Toc toc.
Crash.
Sinreloj.
Unilateral.
La delgada línea roja.
-Solo cuando hay gente."
Nueva fragilidad.
Miedo a cerrar la boca y no volver a abrirla más. Miedo a que me hablen y no me sepa callar. A sentirme observada, por la calle, por el metro. Pensar en ellos, saber que son. Miedo a que me busquen, a que me encuentren, a correr. Miedo a caer. Miedo a los golpes, a los pasos en falso. Miedo a mis torpezas y mis propias consecuencias. Miedo a que se la lleven sin que nos demos cuenta y también a que se lo lleven a él de diferente manera. Miedo a no volver a hablar. Miedo a que entren, miedo a que me cojan. Miedo a no saber gritarles. Miedo a querer matarles. Miedo a tener miedo. Las sombras no podrán conmigo.
Pero eso ya lo habías conseguido, porque tú siempre llegas antes que yo a la meta.


