Los coches.

Me encanta ver los coches circular a todas horas por las calles, porque tienen matrículas y estoy viciada a hacer palabras con las letras de las matrículas. Sobretodo cuando la primera palabra que me viene a la cabeza es una palabra de las que me gustan como "champiñón", que siempre me ha parecido muy completa en cuanto a placer fonético se refiere. Berberecho, brújula y zarigüella, otras que también.

Los burros han muerto.

"Es momento de ir yéndose poco a poco. El tiempo de las cerezas nunca llega a noviembre. No me apetece escribir, hay otras formas de huir y estar loco por solo...solo por loco.
Ahora sé que encontrarás por ahí a otros mejores. No te preocupes por mí, soy como los gatos y caigo de pie, y no me duele cuando me hacen daño."

Don't you.

Las ocho y cuarenta y tres pesaban en un reloj imaginario que no se acomodaba a mi muñeca, por mucho que quisiera. Madrid estaba siendo una ciudad de ciencia ficción. Caminé con prisa fingida por no ser capaz de seguir cogida de tu mano, seguramente, y mientras tanto los recuerdos se me tropezaban en la cabeza. La caída en picado de la calle me ayudó a que cada zancada me alejara más de ti, pero en realidad pisaban en la dirección incorrecta. La gravedad siempre desafía. Seguramente sea por eso por lo que Madrid sea una ciudad de ciencia ficción, porque siempre ocurre algo que no debería de ocurrir, y todos acabamos resbalando calle abajo por las pendientes. La ciudad de la caída libre. La ciudad definitiva.

Noviciado apareció ante nosotras mientras mi cabeza se escondía cada vez más en la bufanda. Pensé en salir corriendo, en no coger el metro, en quedarme parada durante horas en ese paso de cebra mirándote. Pero no lo hice. Sorbí mocos, arrastré las lágrimas con los restos del maquillaje que me quedaban y emprendí el camino hacia las entrañas del asfalto. Quizá encontrara alguna playa, quién sabe.
Crucé, porque tú querías que cruzara. Y me fui, porque tú querías que lo hiciera.

Pese a todo los pies se me encadenaban al suelo diciéndome que me esperara, que cabía la posibilidad de que bajaras, de que me pidieras, de que me abrazaras, de que me odiaras. Y después de unos minutos de infinita espera me agarré las enaguas y me fui con la cabeza gacha, sin girasoles en la mano.

El metro de Madrid, sus pasadizos, sus esquinas, su música y su ruido me engulló de un solo bocado. Lloré en cada parada de la línea gris, que iba haciendo círculos, como nosotras. Y cuando llegó mi parada, continué el trayecto. Y pasé Legazpi. Y pasé Nuevos Ministerios. Y llegué a Cuatro Caminos. Y pasé. También pasé. Pasé tantas que no llegué a cenar y me comí los restos del día.

Me comí tu sonrisa en una maraña gigantesca de lanas negras y tu nostalgia ante un campo de fresas. Me comí un suspiro que se te escapó de pronto y sin previo aviso. Me comí nuestras manos agarradas y tu cabeza en mi hombro. Me comí ese abrazo. Ese abrazo en el que te sentí temblar, como si fuera la primera vez, como si fueras a largarte después y no quisiera (s). Me comí tu pelo corto, y mi mano recorriéndolo para volver a tener un maldito recuerdo de su tacto. Me comí tu mirada fija, firme, ausente, triste, despiadada. Me comí tus lagrimas, una tras otra y sin pausa. Me comí tus miedos, tus quieroolvidarteperonopuedo. Y estallé.

De pronto necesité caminar, esperé dos paradas para no perderme en esa ciudad angustiosa y caminé sintiendo el frío cuajarse en mi garganta, sin poder levantar los pies del suelo. Dejándome arrastrar entre sus patéticas calles sintiendo como nunca el peso del fracaso. Y sabiendo que ante todo y después de todas las estupideces que había hecho en este último año, te había perdido. Y me felicité por mi torpeza.

Cuando llegué a Valencia no tuve tiempo de reacción y sin darme cuenta, aparecí en su concierto con los labios pintados y una sensación pútrida en la garganta. Estuve frente a él todo el concierto, con una de tus amigas al lado. Supongo que sería la que era más fanática que yo, porque creo que éramos las únicas que nos sabíamos todas las canciones.

La sala estaba en silencio. Mis pies estaban anclados al suelo y encadenaba un cigarrillo tras otro, como él. Ashley estaba en el escenario desde el principio, sentada en el teclado. Siempre pienso que sobra pero al ver cómo le mira durante todo el concierto, acabo pensando que tiene el papel más importante de todos. Recuerdo el día que le vi contigo, aquel mayo en el que ella estaba entre el público y nosotras observábamos la escena con envidia. Aquel mayo en el que cerraste los ojos y me diste miedo.

Mi masoquismo esperó con ansia que te cantara, que rememorara en mi cabeza aquella sensación de tenerte al lado, a pesar de todo, pero parece que después de tanto tiempo el tipo sintió lástima de mí y no lo hizo.

Ashley salió del teclado, Tachenko desapareció del escenario y quedaron solo ellos dos frente al micrófono. Ella hizo los coros y cantaron juntos un par de canciones. Volví a vivir aquella escena, aquella función en la que nosotras éramos espectadoras de su historia, creando la nuestra propia. Cerré los ojos y vi tu sonrisa mientras de fondo cantaban Dont you. Vi tus rizos cayendo por tu cuello y tu cuello desnudo. Vi tu labio retorcerse y tus dientes moldeándolo. Te vi bailar y saltar, te vi gemir y gritar. Vi el brillo de tus ojos y te escuché cantar por el salón. Te vi bajo mi ventana con tu bici vieja. Te vi de lejos. Y les escuchaba cantar. Que no te olvides de mí, decían, que hay cosas que digo que no significan nada, que hay cosas que hago que no significan nada, pero que no te olvidaras de mí, decían. Que no lo hicieras, gritaban. Que no lo hicieras, gritaba. Y esa música invadió cada maldito glóbulo rojo de mi cuerpo. Y cerré los ojos y te vi callada, en silencio, lejos. Y te gritaba que no te olvidaras de mí, que no te fueras. Y tú te ibas. Y Madrid quedó en silencio a las once y diecisiete de la noche. Y Valencia se volvió triste a las once y diecisiete de la noche. Y la sala se vació. Y yo seguía gritándote que no te olvidaras de mí. Que no lo hicieras.
Pero tú ya te habías ido.
Tú ya no estabas allí, como aquel mayo, a pesar de todo.
Y el mundo se me quedó grande. Como a ti Madrid.

¿Has hecho alguna vez un Home run?

Cuando estás en la novena entrada, las bases están llenas y sabes que la pelota va a venir justo por el centro y entonces la bateas. Y en ese instante sabes que va a salir del campo y llegará aún más lejos de lo que tú habías imaginado nunca.

La gran mentira.

Decía ser payaso pero solo era otro tipo triste con una sonrisa.

Ojos abiertos.

No me gusta la gente, no lo pienso negar. No me gusta la falsedad que abanderan diariamente. No me gusta la forma de hablar que tienen ni las cosas de las que hablan. No me gusta que no miren a los ojos. No me gusta que sólo hablen de ellos. No me gusta que se dejen llevar por todo lo que les rodea. No soporto que ahora todo el mundo lleve pulseritas de animales porque está de moda, o que vistan con ropa retro porque el vintage ha vuelto. No aguanto la gente que no sabe escuchar y que no te deja expresar tus pensamientos. No soporto la gente que se deja llevar por la moralidad intentando fingir que le preocupan los demás cuando en realidad lo único que le importa es lo que piensan de él los demás. No me gusta que me prohíban fumar, que me miren mal por la calle, que me critiquen a las espaldas y no tenga las narices de decírtelo a la cara. En fin, son tantas las cosas que he llegado a la conclusión de que no soporto al ser humano.

Sin embargo, y pese a todo esto, soy una persona social. En muchas ocasiones porque disfruto analizando todo lo que hacen, siempre. Cuando una persona habla me encanta pensar por qué está diciendo todo eso y me imagino sus pensamientos, me hago un esquema de cada palabra que dice y por qué la dice, qué efecto quiere que provoque en mí, qué reacción espera, etecé, etecé. Vamos, que soy muy analítica. Conmigo cualquier frase desafortunada que se te haya escapado sin querer se convierte en el foso de tu tumba, porque siempre he pensado que todo lo que se dice, aunque le duela a la persona de enfrente, se dice por algo. Y que si no les gusta, a la próxima que piensen y luego hablen.

Ser una persona social y a la vez no soportar al ser humano es algo que la gente no puede entender del todo. Lo entiendo, yo tampoco puedo. Simplemente me gusta estar con ellos en algunas ocasiones y en otras aislarme por completo y pasar mucho tiempo sola. Y la soledad, asusta, a veces.

Esto de aislarme, por ejemplo, no siempre lo hago cuando estoy muy mal, aunque sí que influye. Cuando me siento hundida desaparezco más a menudo porque no me encuentro con fuerzas ni con ganas de estar con nadie más que conmigo misma, que ya me supone un gran esfuerzo. En otras circunstancias, desaparezco o me hago más huidiza por simple placer. En esas temporadas sencillamente soy más feliz cuando estoy sola y lo aprovecho y dedico para encerrarme en la música. Puede ocurrir que me aísle dentro de un grupo de gente, que me quede al margen, que no abra la boca y mire al infinito pensando en cualquier estupidez o que no pare de hablar y me convierta en la bocachancla de la tertulia. Todo son extremos.

Personalmente yo creo que el problema radica en la gente, aunque probablemente radique en mí. Bah, quién sabe. Yo creo que son ellos o han sido ellos los que me han provocado este asco, los que me han hecho ser tan desconfiada y los que me han obligado a montarme una casa ambulante entre mi cuerpo y el mundo.

Supongo que en algún momento pude confiar en las personas con total naturalidad, de niña por ejemplo, que si un extraño me hubiera dado caramelos me habría comido la bolsa entera. Pero hace muchos años que si esto ocurre, tengo que hacerlo mirando de reojo. Con lo que obviamente me planteo que no confío en absolutamente nadie. Y eso es triste ¿eh?. Desconfío de todo el mundo. No importa quiénes sean, si son de mi entorno o no, si les he visto una vez o me he despertado con ellos durante meses, si me parieron o si solo me sacaron de la vagina de mi madre. Desconfío de ella, de su matrona, del panadero y hasta de mis amigos. Todo el mundo incluye hasta mi sombra. Soy así: desconfiada perdida.

Bien es cierto que esto no siempre ocurre, que yo llevo una vida perfectamente normal que algunas personas no pueden entender. Me gusta estar con mis amigos y me gustan, pese a todo, y en parte podría decir que sí que confío en ellos. Sería mejor decir que confío plenamente pero para mentir ya tengo mi vida. Así que lo dejaré en que en parte confío en ellos…simplemente soy consciente de que todo en esta vida es sustituible. Me pese lo que me pese. Todos somos piezas intercambiables, removibles, de quita y pon. Y así como en este momento puede haber alguien en mi vida que me entienda como ninguna otra persona y me ayude en todo lo que esté en su mano, soy perfectamente consciente de que en cualquier momento, tarde o temprano, dejará de estar. O mejor, de que tarde o temprano, te la meta doblada. Por codicia, envidia, celos, aburrimiento o lo que sea.

En fin, que soy de esas que sí, que te voy a dejar entrar en mi vida y te voy a dejar acomodarte. A ratos te querré mucho y a ratos no te soportaré y preferiré marcharme. Podré contar muchas cosas o podré quedarme callada durante horas. Estaré cuando se me necesite la primera, como hombro o como almohada, no me importa. Y te voy a escuchar cuando corresponda, pero por si acaso me sales rana, no me pienso sacar del bolso la vaselina, que puestos a que entren, que entren sin dolor.

Y en realidad a mí me encantaría cambiar, me encantaría ser de cualquier otra manera, pero ni tengo ganas de esforzarme en hacerlo ni lo veo posible. Total ¿para qué? ¿Serviría con esforzarme en confiar en las personas? Personalmente considero que eso es un límite que la gente te obliga a traspasar. Y una vez traspasado ya no hay vuelta atrás. ¿Pero entonces qué? ¿Yo ya estoy obligada a seguir desconfiando de todo el mundo eternamente?

Lo triste es que la respuesta a esa pregunta es que no me cabe la menor duda de que sí, que no voy a poder confiar en las personas nunca, a todos los niveles. Que aunque crea que sí, en lo más profundo de mí quedará el escepticismo y la cautela. Que siempre me tendré que andar con pies de plomo y procuraré no hablar cuando no me pregunten.

Total, qué se le va a hacer, si yo preferiría ser beata y recolocarme la venda cada vez que se me moviera de los ojos.

¿Te vienes a Irlanda?

Podemos buscar al monstruo del Lago Ness detrás de algún dolmen. Se rumorea que se ha cansado de Escocia y de los chinos paparazzis y se pasa las tardes bebiendo cerveza en una taberna irlandesa. Quizá nos invite a una ronda, quién sabe.

La gran huella.

Y cómo podría explicar yo las diez y media de mis noches, las tres de mis madrugadas o las ocho de mis mañanas. Cómo podría explicar yo que después de tanto tiempo de no dormir contigo ahora no me acostumbro a este océano de mantas y de enredos. Que no me gusta el sexo ni conmigo misma, que no me gusta el sexo ni contigo. Que no me gustas tú aunque te extrañe, aunque a las 5 de la mañana me de la vuelta en la cama y no se me enrede el pendiente entre tu pelo. Que se me ha quedado grande todo a pesar de que no volvería a llenar nada contigo. Que siempre que juego al tetris con las almohadas nunca consigo crear tu cuerpo. Que tampoco quiero el tuyo, quiero cualquier otro que no huela a ti. Que odio a todos y a ninguno. Que me he cansado de despertarme con patadas sin que haya más piernas en la cama que las mías. Y que te odio, como nunca antes lo había hecho. Disfruta porque lo conseguiste: aquí tienes tu gran huella. Y yo sin saber escribirla.

Toc toc.

Me dispongo a resucitar unos burros. ¿Alguien le puede preguntar a Dios? A mí me da un poco de reparo, el muy maldito no me suele contestar...

Crash.

El fino hilo que sujetaba aquella gigantesca luna desde el río se ha roto y ha explotado entre las fincas bajas, entre dos coches, como un meteorito. Sin más. Se ha desplomado contra el suelo ensordeciendo mis pensamientos durante un segundo. Aunque nadie se ha dado cuenta. A pesar de la magnitud de la catástrofe, nadie se ha dado cuenta. A pesar de que la ciudad se ha bañado del negro más brillante que existe y la luna se ha quedado hecha trizas cerca de la alcantarilla, todos los coches han seguido circulando. Sin más. Quizá porque ese era su lugar. Aunque seguramente, ese andén, también fuera el mío.

Sinreloj.

Nunca me importó ser impuntual…pero cómo duele a veces llegar tarde a un sitio del que no deberías haberte ido jamás y encontrar la puerta cerrada. Cómo...

Unilateral.

¿A dónde te crees que vas? No no, de eso nada. Tú mi casa no la pisas. Quédate ahí en el felpudo y no muevas ni un pinrel que te veo. Ya estás como siempre, fíjate, sigiloso y sin hacer ruido. Moviendo el culo de un lado a otro. Hasta recreas el gesto de dejar ese manojo de llaves de mi casa, que no tienes, sobre la mesita de la entrada. Te crees que por echar un par de sonrisas y volver con tus monerías yo voy a caer. Pero no, no, no. Deja de mirarme desde la puerta con cara de Cariño, ya estoy en casa porque no te esperaba y ya no me da tiempo a esconderme detrás de las cortinas feas del salón que me regaló tu madre. No puedes quedarte quieto, a mí ya no me engañas. Que esto no es una visita de cortesía. Que no quieres conocer a mis hijos. No, no. Tú lo que vienes es a descolocarlo todo. Y sí, son muy guapos, no se parecen a ti. Siempre haces igual. ¿Qué? ¿Es que no te das cuenta? Entras sin apoyar los talones en el suelo y una vez dentro eres como un virus desmoronándolo todo a tu antojo. "Esto sobra, esto se queda, esto te lo perdono" Qué más te da saber sus nombres. No, no lo usé por supuesto que no, no quería recordarte cada vez que le viera. Te estoy diciendo que esa lámpara me gusta ahí, no me la toques. Siempre lo mismo. Tus idas y venidas de siempre y la boca cargada de Jamases disfrazados de Siempres. Me río yo. A mi no me vuelves a engañar. Y no, no quiero cambiar los cojines de sitio porque me gusta donde están. Por supuesto que todo me va muy bien. ¿Qué te pensabas? ¿Que porque mi vida no sea a tu lado ya iba a ser una amargada? Pues ya ves que no, las cosas cambian y el amor adolescente se esfuma. Ahora tengo una vida muy estable, gracias. No te pienses que me conoces tanto porque contigo tampoco fui tan feliz, eh. Por supuesto que no. Cómo te voy a echar de menos. Qué tontería. No. Ni siquiera un poco y por muchos ojitos que pongas no me voy a achicar. Pisa otra vez el felpudo que me lo estás llenando todo de nostalgia y me niego. Y qué si son viejos los muebles. Tú también lo eres y ya ves, no te vas ni contando diez. Sí, está trabajando pero llegará de un momento a otro y es muy celoso, así que deberías desemborronar tus huellas y marcharte. Por qué tienes que ser tan cabezota. Se me está quemando el café con tanta tontería. En una empresa constructora cerca de la calle de los domingos. Y por supuesto que le quiero, qué te hace pensar que no es así. Bueno, es igual, tu opinión no me interesa lo más mínimo. ¡Que no saques los pies del felpudo te he dicho! Ni un café ni medio. No seas pesado y vete ya. No, no quiero abrazarte. No me toques. Claro que estoy a la defensiva, qué te piensas. Sal de ahí. No tengo nada de comer, la nevera está tan vacía como yo. Deja estar esos libros que no son tuyos. Que tampoco sean míos a ti ni te va ni te viene, lo importante es que no quiero que sean tuyos. ¿Tus cosas? Lo tiré todo. No. Ni en cajas ni nada. Deja la lámpara quieta, por dios. ¿Es que no puedes parar? Sé lo que significa esta visita, y no tenías que haberte molestado. No, no, no tenías que recordarme nada. No sigas por ahí… Yo ya no me acuerdo de las tardes en el parque. No. No me acuerdo y no las echo de menos. Deja de hacer que me contradiga. ¿No lo ves? No quiero verte. Joder. Vete de mi casa por favor. No quiero verte. O no lo quieres entender. Tú llevas tu vida y yo la mía. Por primera vez hemos cumplido lo que nos hemos prometido, no empeores las cosas. No, eso no lo hemos cumplido, yo ya no te quiero…

La delgada línea roja.

"-Una casa solitaria... ¿No se siente muy solo?
-Solo cuando hay gente."

Nueva fragilidad.

Miedo a cerrar la boca y no volver a abrirla más. Miedo a que me hablen y no me sepa callar. A sentirme observada, por la calle, por el metro. Pensar en ellos, saber que son. Miedo a que me busquen, a que me encuentren, a correr. Miedo a caer. Miedo a los golpes, a los pasos en falso. Miedo a mis torpezas y mis propias consecuencias. Miedo a que se la lleven sin que nos demos cuenta y también a que se lo lleven a él de diferente manera. Miedo a no volver a hablar. Miedo a que entren, miedo a que me cojan. Miedo a no saber gritarles. Miedo a querer matarles. Miedo a tener miedo.
Miedo a no salvarme.

Las sombras no podrán conmigo.

Como miguitas de pan te atreves a dejarme un rastro de palabras que conforman un todo que asimilo más enrevesado, más cruel. Le quitas las palabras a él modificando sus formas, sus puntos, sus comas. Roídas, oxidadas, putrefactas. Sin sentido en tus labios. Cambias la persona de los verbos y me haces partícipe de ello, para que sea consciente. Consciente de que todo ha terminado, de que todo son cenizas y no hay nada más que pueda arder, ni siquiera las estrellas. Cambias la persona de esos verbos y los pones en mi boca. Dejas esas palabras atadas a mis labios y sin querer me fuerzas a cantar esa canción, saboreando una por una cada letra de ese triste quejido que trata de dar fuerzas y solo consigue dar pena. Gritando, pataleando. Quieres que sea consciente de que no hay nada que continuar, que las luces de la sala se han encendido y la pantalla por fin ha empezado a llenarse de letras…
Pero eso ya lo habías conseguido, porque tú siempre llegas antes que yo a la meta.