Me encanta cuando mi casa se queda vacía y no hay pasos sonando en ninguna de las habitaciones. Comprobar una por una todas las esquinas, aunque sé que no voy a encontrar a nadie y sentir la soledad más satisfactoria que conozco, que bien se podría entender por tranquilidad. Respirar hondo, muy hondo y tranquilamente coger el paquete de cigarros y un gran cedé. Enchufo la minicadena de mi madre, que probablemente haya roto un total de 7 veces a lo largo de mi vida, y la pongo con el volumen justo, que en mi caso es muy fuerte. No tanto como para distorsionar los sonidos aunque sí lo justo para que no pueda escuchar ningún ruido de mi calle, que no sé si os habré comentado alguna vez, pero es la meca del ruido en mi ciudad.
Me encanta escuchar la música de pie. No porque baile, si no porque tristemente imito a los cantantes. Yo soy de ese grupo de personas que se dedican a tocar una guitarra donde no la hay, aunque yo me decanto siempre por el micrófono. Me imagino que tengo un micro en la mano, y no se por qué, porque ni siquiera me gusta que los cantantes lleven el micro en la mano, me gusta que estén fijos frente a ellos. Estáticos. Pero vamos, que cuando yo canto, canto con micro de mano. Que soy muy mía, yo. Y desfiguro mi cara y hago todos los gestos que considero que ellos harían según el momento desgarrador de la canción, según la voz, según los susurros. Me imagino hasta si cerrarán los ojos o no en el momento cumbre de la canción, y les imito. A algunos ni siquiera les he visto en directo y no sé qué caras pondrán, pero y qué. Yo las hago. En esos momentos, me piden cualquier artista, y se lo imito. Camino de un lado a otro zigzagueando el salón mientras esa voz me sigue por todas partes y se escucha desde cualquier punto de la casa. Y a la vez que lo escucho tan fuerte, y me convierto en una patética sombra de lo que ellos ni siquiera son, y hago el idiota y me río de mí misma más que nunca, sonrío como una subnormal y me siento realmente felíz. Porque me encanta, yavestú. Me encanta estar sola en casa y cantar por el salón.
Mis pequeñas cosas I
Publicado por
[..La chica triste que te hacía reír..]
en
2:33
Etiquetas:
Patricia al aparato,
Pequeñas grandes cosas
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)



6 pelusas:
Otros prefieren enchufarse los cascos tumbados en la cama y cantar, bueno, más bien romper los tímpanos de los vecinos escuchando alaridos humanos... pero en momentos de euforia, dependiendo de tipo de música que escuche, he hecho muchas locuras.
Pero siempre puedo reencarnarme en un peluche rosa...
si aparecieras en mi casa de repente mientras yo pinso que estoy solo, me verías interpretando A jockey full of BOurbon, de Tom Waits. haciendo como que tengo un microfono de esos que cuelgan del techo, imaginando un ambiente lleno de humo y luces de neon
Si nos grabaran a solas con la música, más de uno negaría conocernos. Ellos no sienten, no están preparados para percibir emociones como nosotros. La buena música siempre unirá a la buena gente.
la mejor sensacion de felicidad, sin ninguna duda.
Yo ando como Mic Yager por el pasillo, y cuando me doy cuenta de lo que estoy haciedno me descojono de mi.
Yo...un poco de esto y un poco de aquello...suelo poner algo del estilo Chuck Berry y bailar por casa...pero no suelo cantar...¿has visto como baila Alejo Stivel alguna vez? Pues es un superdotado en comparación conmigo...
Yo me pongo a bailar como un jilipollas. Un día, por la ventana de la cocina, me vieron unas vecinas. Me quedé más quieto que un gato de escayola. Pero al día siguiente, en la pescadería del mercadona, lo volví a hacer cuando sonó una musiquilla de esas que te venden ofertas.
Me gusta mucho este post tuyo. Lo siento¿solidario?.
Publicar un comentario en la entrada